El Alavés anula a un apático Villarreal

Un golazo de Ibai Gòmez y otro de Ely superan el de Bakambu y el equipo vasco certifica su permanencia

No llovía en Vitoria. Nada de tormentas. Pero hubo un balón que llovía del cielo, esa metáfora tan utilizada en el fútbol cuando se quiere aludir a lo que viene sin control, desatado, desanudado, descosido, como un verso suelto. Y ocurrió que por allí, por el borde del área, paseaba Ibai Gómez, sin paraguas, pero con la bota bien atada, esa sí anudada, con la roseta bien hecha, bien medida. Y fue como un rayo bajo el cielo azul. La cazó con el empeine, entre el cordón y la lengüeta y lo ajustó al poste, a ras de suelo, con la dificultad que supone poner una nube a ras de suelo. No entró por la escuadra, que es lo bello, lo barroco, sino junto al poste, peinando la hierba, impresionismo puro para batir a un sorprendidísimo Andrés Fernández.

Hasta que ocurrió eso, a la media hora, habían ocurrido muy pocas cosas. Un Villarreal apocado a pesar de tener muchos fusiles en su delantera (Adrián, Bakambu, Adrián, Rodrigo). Mucho bombardero y poca infantería, porque Manu García (sobre todo) y Macos Llorente se sobraban para anular la pausa de Bruno y Rodrigo, muy educados en el centro del campo: tanto, que no hablaban, se quedaron sin voz. A cambio, el Alavés disfrutaba de la dialéctica de Kiko Femenía, lleno de palabras y de ideas, protegido por el espíritu solidario de su colega Toquero, que lo mismo le abre un pasillo que le cubre la espalda. Lo que llovió del cielo (aunque no llovía) vino de una jugada de Kiko Femenía. Lo que llegó diez minutos después, con el cabezazo del brasileño Rodrigo Ely en el área pequeña también salio del pie abotinado de Femenía, la uña recortada, la mirada alta y el jugador cedido por el Milán se estrenaba como goleador con el Alavés.

El equipo de Pellegrino había hecho tres cosas y había marcado dos goles antes del descanso. Lo otro fue otro disparo de Ibai Gómez que probó a Andrés Fernández y luego pudo ajusticiar Deyverson que topó con el corpachón y la agilidad del portero. A cambio, el Villarreal solo ofreció un parpadeo, una caída de ojos, un tonteo con el área que apenas produjo un disparo desviado y un par de estornudos en el juego. Quien diría en la primera mitad que el Alavés celebrara la salvación matemática y el Villarreal se jugara la plaza europea. Nadie, juzgando la actitud.

Solo lo goles le sacaron el sarpullido europeo. Y la entrada de Triguero, o sea, la calma, el orden y la solvencia y el ímpetu de Bakambu le devolvieron al partido. El futbolista francés se sacó un gol hamletiano: lo marcó, con la ayuda del pie de su marcador que lo desvió lo justo para superar al portero, nadie lo celebró pensando en un fuera de juego imposible, Bakambu lo celebró en soledad: ¿era o no era?, esa era la cuestión. Y lo fue como si a la calavera le hubiese crecido la melena. Porque era legal, afortunado pero legal. Sin embargo, en la prolongación, todo el Villarreal pensó que Bakambu iba a marcar (tras un error de Ely)... y la tiró. Era el empate que no fue. Era el Villarreal que solo fue un rato. Y era el Alavés que se sintió feliz antes de la tarta. Aunque la tarta era la salvación, ya conseguida, y la Copa del Rey que espera. Y esa no ha llovido del cielo.