semifinales -para muchos aquella actuación fue aún mejor que la de Inglaterra, pero ya sin el rival más odiado- y con otra genialidad en la final ante Alemania.

En esa ocasión el jugador símbolo del fútbol de Argentina midió magistralmente el espacio y la situación para meter un pase antológico a Jorge Burruchaga, también en el Azteca, cuando el partido estaba igualado 2-2 y faltaba muy poco para el pitido final del árbitro brasileño Romualdo Arpi Filho.

«Burru» tocó la pelota con clase, el guardameta Schumacher quedó desairado, el resultado quedaba consagrado con un 3-2 para el equipo albiceleste y minutos después Maradona alzó la segunda Copa del Mundo lograda por los argentinos en la historia.

Hoy todo el país se acuerda de Diego besando esa copa. Y lo añora.